Capítulo III

NO ES UNA CARRERA

 

Me permito aquí una pequeña digresión respecto al tema principal. En nuestro Instituto no contamos aún con ningún beato o santo canonizado, pero contamos con dos venerables: los Hermanos Policarpo (1801-1859) y Norberto (1886-1959), reconocidos como tales en 1984 y 2018 por los Papas Juan Pablo II y Francisco respectivamente.

 

Policarpo es muy conocido entre nosotros por ser el primer hermano en ocupar el cargo de superior general, ser el autor de las primeras Reglas completas, preservar la memoria del fundador al recopilar sus escritos, enviar a los primeros hermanos misioneros fuera de Francia (a Mobile, Estados Unidos, en 1846) y devolver la estabilidad y la prosperidad a una congregación que se consideraba agonizante. Todo eso le valió el título de “segundo fundador”, otorgado por los hermanos tras su muerte.

 

Por su parte, Norberto recién se está abriendo paso entre nosotros: su imagen va apareciendo en algunas de nuestras obras, su biografía se va dando a conocer y a veces los jóvenes nos preguntan por él. Fue un hermano estadounidense, fundador de la obra misionera en Uganda, de la que fue responsable en varios períodos y donde falleció. Allí los nativos le llamaban “dano ma lego”: el hombre que siempre reza.

 

Traigo estos dos hermanos a nuestra memoria porque ellos ya han sido reconocidos como venerables por la Iglesia. Es decir que, tras un estudio exhaustivo de su vida y sus escritos, se ha llegado a la conclusión de que practicaron heroicamente todas las virtudes de un cristiano. Podemos decir, sin miedo, que ambos vivieron una vida de santidad y que la Iglesia así lo reconoce. Sabemos que no han sido los únicos, todos conocemos hermanos y colaboradores de los que podemos decir que han vivido “la santidad de la puerta de al lado”, para utilizar la expresión del Papa Francisco hacia “aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios” (Gaudete et Exultate 7).

 

Y aunque es importante que entre los numerosos frutos de santidad del árbol del Instituto dos hayan sido reconocidos por la Iglesia, más importante aún es reconocer que estas dos “santidades” tienen un origen común con todas las demás en nuestra familia carismática.

 

Poéticamente podríamos decir que, si nuestro carisma fuera un árbol, el Corazón de Jesús sería la tierra; la semilla sería la experiencia fundacional del Padre Coindre con los primeros hermanos, desde la cual creció el árbol; las raíces serían la espiritualidad de la compasión (vivida tanto en la oración como en el trabajo) que nos permiten nutrirnos de Jesús; la savia que corre por nosotros y nos da vida sería el Espíritu Santo; los frutos serían nuestras vidas y obras concretas por todo el mundo a lo largo de doscientos años.

 

Andrés, Policarpo y Norberto, los tres son frutos del mismo árbol que conecta todo. No se trata de una carrera para ver quién llega antes: da igual si es declarado santo uno antes que otro, si llegan los tres al mismo tiempo, si no llega ninguno o si llega primero algún otro hermano o laico que hoy no tenemos presente… ¡No importa en lo más mínimo! ¡Ninguno le va a robar el lugar a otro en el Cielo!

 

Lo que sí importa es mantenernos unidos a Cristo para que la savia del Espíritu nos vivifique y sigamos dando frutos de santidad en el siglo XXI, como ya los dimos en el XIX y en el XX, porque Jesús mismo dijo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer” (Jn 15, 5).